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martes, 12 de enero de 2010

el último orejón del tarro

No es uno, son veinte millones de palos en mi rueda, palos que no quieren salir, palos que no dejo de sacar todo el tiempo, a cada rato, todos los días del año.
Y así estoy, dos pasos adelante y cuatro para atrás.
Y cuando dejo de pensar en los palos, empiezo a construir algo hermoso, ladrillo por ladrillo, una de cal y otra de arena, pero todo se cae al instante mismo en que pego el último.
Y es en ese momento en que me siento el último orejón del tarro, ese que nadie quiere agarrar, ese que está lleno de gusanos putrefactos.
Y eso me pasa por ser tan visceral, por dejarme llevar y no pensar, por querer sentir todo el tiempo.
Pero que le voy a hacer!, soy así y así me enamoro y sufro. Pero nunca aprendo mi lección y sigo comentiendo los mismos errores que me llevan a pensar en los demás siempre más que en mí, aunque una manada de elefantes esté pisando muy fuerte mi cabeza y mi alma.
Y así es como sucede, así es como me convierto en el último orejón del tarro, ese que nadie quiere tomar, ese que tal vez alguien muerde y escupe a pesar de tener un sabor agradable.