No es uno, son veinte millones de palos en mi rueda, palos que no quieren salir, palos que no dejo de sacar todo el tiempo, a cada rato, todos los días del año.
Y así estoy, dos pasos adelante y cuatro para atrás.
Y cuando dejo de pensar en los palos, empiezo a construir algo hermoso, ladrillo por ladrillo, una de cal y otra de arena, pero todo se cae al instante mismo en que pego el último.
Y es en ese momento en que me siento el último orejón del tarro, ese que nadie quiere agarrar, ese que está lleno de gusanos putrefactos.
Y eso me pasa por ser tan visceral, por dejarme llevar y no pensar, por querer sentir todo el tiempo.
Pero que le voy a hacer!, soy así y así me enamoro y sufro. Pero nunca aprendo mi lección y sigo comentiendo los mismos errores que me llevan a pensar en los demás siempre más que en mí, aunque una manada de elefantes esté pisando muy fuerte mi cabeza y mi alma.
Y así es como sucede, así es como me convierto en el último orejón del tarro, ese que nadie quiere tomar, ese que tal vez alguien muerde y escupe a pesar de tener un sabor agradable.